Hoy,
me he levantado con el alzacuello y he decidido entrar a degüello contra lo que
es el llamado Tinder, sitio web puntero para supuestos solteros con el fin de
conseguir una cita. Allá va mi alegato sin anonimato contra algo, que como esto
siga así, puede que sea más conocido y utilizado que la milenaria doctrina
cristiana, ese es el Tinder.
¿Qué
es el Tinder? Es una sucesión de imágenes, de poses, de individuos anónimos de
espíritu, pero presentes de cuerpo que se van sucediendo de manera neurótica
buscando de manera erótica el mejor postor para conocerse en la vida real y no
de forma virtual. Ahora nos vamos a meter en la mentalidad de un hombre y en la
de una mujer a la hora de usar dicho aparato, aquí va el retrato de la
cuestión:
Los
hombres usuarios del Tinder: Sucesión de ávidos
individuos, con un capullo sonrosado por cerebro, salivando en boca (y
posiblemente por otro órgano también), móvil en mano dando like con la diestra
y a siniestra (con la otra mano posiblemente en otro órgano), en busca de la
ensoñada mutua aceptación con el primigenio y primario fin primordial de poder
meterla en caliente. Pues sí, eso es, y quien esté libre de pecado que se tiré
a la primera que pille. ¡A tomar! El hombre pondrá su foto con su mejor pose,
los aspectos más interesantes de su mundana y finita existencia, venderá su
alma, posiblemente mentirá y sobre todo, en la antítesis del nirvana budista y
del ascetismo cristiano, el deseo desbocado le poseerá y entrará en una ansiosa
espiral de likes y superlikes hasta que vea una jodida aceptación. Cuando vea
esa aceptación mutua (si es que la hay), salivará cual perro de Paulov ante un
cascabel, turbará su conciencia, se quitará las telarañas y el requesón, y se
preparará para esa futura cita con esa anónima individua de alma, pero presente
bajo la dictadura de la virtualidad y de la súper pose. Entonces, si es un
conocedor del arte amatorio, puede que se ponga morado a meterla hasta
jartarse, mas si no está dotado de dicha virtud (¿o vicio?), se verá abocado a
una sucesión de ficticias citas (si es que las hay) en donde poco sacará en
claro salvo la futilidad y patetismo del sistema actual. Y nada, la vida sigue
y sigue.
Las
mujeres usuarias del Tinder: Sucesión de mujeres
ávidas de encontrar un macho poniendo siempre su pose más ideal, con el alma
sepultada bajo los dictados del photoshop y de la moda actual con el fin de
mostrar su mejor imagen para agradar o torear a diestro y siniestro. Aquí hay
dos categorías: La mujer en busca de su príncipe azul o la que tan solo busca
echar un polvo o al menos, liarse un rato.
La
que busca su príncipe azul: ¡Ay, pobre necia incauta! Me temo
que si bien puede haber excepciones, la regla siempre será la regla y la regla
es la siguiente: Interminable sucesión de carnaza rea de ser aceptada (mediante
una movida verde) o desechada por caduca (mediante una X roja). ¡Es eso a la
que se reduce todo! A ser aceptado con un corazón verde y rechazado con una X
roja. La mujer (siempre en un plano de superioridad) se permitirá la frivolidad
de rechazar a diestro y siniestro (aumentando de dicho modo su ego y vanidad)
hasta que vea alguien que le pueda atraer vía virtual; entonces corazoncito
verde al canto y si el macho elegido no la considera un trol sublime o un orco
que no se redime, entonces se dará por aceptada, la parafernalia del chat y
hasta que se vean en la vida real y bla, bla, bla… Puede que el fin justifique
los medios, pero el sustrato subyace, y el sustrato es ese: Conocí a mi marido,
a mi novio, a mi concubino a través de una red de venta de carne humana al
mejor postor (y eso, allí permanecerá, hasta que la muerte, la traición o el
divorcio os separe).
La
que busca echar un polvo: Aquí me quito el alzacuello y debo
decir pecando que hija mía, aquí sí que estás en el sitio correcto si es eso lo
que buscas. La mujer leona buscará de manera frenética, pero estudiadamente
selectiva, a su macho ibérico sin pelo en pecho que crea que más le pueda
satisfacer. Sus neuronas se verán succionadas a través de ondas
electromagnéticas, y de manera neurótica intentará analizar todos los pros y
contras del tipejo que ven en el perfil hasta que se lance a la piscina y le dé
el corazón verde o un superlike si está cañón (o al menos, si así lo parece en
la mongo imagen que se ha colocado el pimpollo). Y aquí, lo de siempre, la que
haya sido bendecida (¿o maldita?) con el don de estar más buena que el
parmesano, tendrá una cohorte de likes y podrá rechazar a mansalva, zorrear de
mala manera a unos cuantos, y aceptar al que más le ponga el ChumiDJ a tono.
Luego quedará con él y… ¡Duro puede ser el choque con la realidad! A fin de
cuentas, ha hecho uso de un catálogo encubierto de prostitución masculina y si
no le satisface lo que ve delante, ella se pira del puti y punto (¡qué en su
derecho está!). Con la gran diferencia, que en este caso el puto hasta paga, te
invita a cenar o a unas copas y pone cama, condón y toalla ‘by the face’; si es
que la hembra da su visto bueno a la mercancía que tiene delante. Si por el
contrario la chica en cuestión no es muy agraciada o es más fea que la Whoppie
Goldberg (¡jodo, sí que debe ser fea pues!); entonces hija mía, no sueñes con
tirarte al guaperas de pelo pincho, barbita en cara y depilación completa hasta
en el pelo remanente entre huevos y jano; sé realista y tírate al señor
Torrebruno o si quedas con el guaperas de arriba, échale burundanga en la copa,
¡pero hazlo rápido! Y luego consumas el acto y ya está, ¡misión cumplida!
Ningún juez creerá que el pobre incauto haya sido forzado a fornicar en su
contra.
¿Todo
el mundo tiene Tinder? Los casados, los ennoviados, los místicos, los pasotas,
los rebeldes… en principio, no lo tienen. Bien es cierto que la soltería, y su
consiguiente soledad, puede ser dura a veces o mucho para algunos, pero ante
ese aluvión de virtuales fotos y ante ese anticultural fútil masivo e intrusivo
desperdicio de tiempo en el sitio, debo concluir diciendo llana y directamente:
¡Vaya puta pereza, joder!
